Travesías del Tren Roca (y2)

Travesias del tren roca - Ingrid Coronel

Travesías del Tren Roca (y2)

El pasajero

¡Me senté! Dos meses viajando en el Tren Roca y al fin me toca un asiento yendo al trabajo. Debo confesar que en ese horario, 7 de la mañana, nunca lo creí posible,. Aunque puede ocurrir cuando es un día feriado y a mi es una de las pocas personas que me toca trabajar.

Lo cierto del caso es que esta vez el destino me sorprendió, luego que, como siempre, entráramos como bestias a punto de empujones en una lucha de sálvese quien pueda, y quedara al lado del asiento de un señor que bajaba en la siguiente estación. Justo en el momento que me le paré frente, decidió levantarse, no para darme el puesto, sino para ir abriendo espacio y poder escapar de aquel tumulto cuando le tocara descender.

El trofeo

¡Bingo! Que dicha… Ir sentada sin apretones era para mi un trofeo, además escapaba de los estornudos que casi en la cara me hacía alguien que parecía haberle pegado fuerte el frío adelantado en este otoño.


Relajada y dispuesta a entretenerme en el viaje con el móvil, apenas me percaté del chico que iba a mi lado supuestamente dormido y con una gorra que más que taparse del sol, parecía querer ocultarse o pasar desapercibido.

Alegría de tísico… La dicha duró sólo pocos minutos, tras escuchar «Un asiento para la señora con el niño…» solicitud que hacía con acento argentino, uno de los señores que iba apiñado en el tren, al momento que entró una pasajera con una barriga de unos 8 meses.

El síndrome

En ese momento corroboré mi hipótesis. La gorra del compañero le permitía esconderse para no sacrificar su silla, ya que era uno de los primeros candidatos, por estar hacia el pasillo y en la primera fila.

Tras ver que padecía el síndrome de «No ceder el asiento», como el joven que viajaba en la misma fila pero del lado derecho, me dispuse a entregar mi trono, al tiempo que reflexionaba sobre cómo los pasajeros usan sus estrategias e ignoran el aviso de permitir el puesto a ancianos y embarazadas.

Volví al amontonamiento. Y, aunque cuando embarqué en la aplicación del móvil la temperatura marcaba 11 grados, ya se sentía unos 30 grados en el vagón. Intenté, con resultado negativo , alcanzar en mi cartera algo para recogerme el cabello, ya que no he aprendido hacerme el «chonguito» que con su mismo cabello se hacen casi todas la usuarias del Roca una vez adentro para paliar el calor y evitar que las dejen calvas.

Mis manos estaban inmóviles sólo alcanzaba a agarrar mi mochila, lo que me hacía preguntarme ¿cómo hay pasajeros que, aún enlatados, alcanzan a llevar su terno y degustar su mate en el tren, abrir sus libros e ir leyendo y hasta hacer videollamadas? Definitivamente esa clase no la vi… Yo siempre voy como momia y me apiado de aquellos como el estudiante de Arquitectura a quien la maqueta del edificio le llegó como las torres gemelas, luego del atentado.

La llegada

Para completar, a la hora de abandonar el transporte quedé entre las últimas. Por cierto, con la mamá que heredó mi trono, porque los que venían todo el viaje sentados, fueron los primeros que quisieron salir. Me llevaban por delante y sin unas disculpas.

Pareciera que rnuchos no practican los modales y las buenas costumbres dentro del Roca, donde viajan diferentes clases de pasajeros: el intelectual, el que no pierde el glamour, el vivo, el dormilón, el sádico y hasta el cochino.

Periodista/Semióloga y ahora Blogger Contando lo positivo de emigrar

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